MUNDO


Argentina, polarizada entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner

Bakú, 29 de julio, AZERTAC

"¿Cómo están todos hoy?". La vicepresidenta, Gabriela Michetti, pasa sonriente en su silla de ruedas mientras le muestra a un grupo de invitados los recovecos de la Casa Rosada, el edificio decimonónico que es la sede de los presidentes argentinos. Al rato vuelve a pasar y a saludar sonriente. Tanta placidez impacta, afuera se está cayendo el mundo, y no sólo porque se vivan los días más fríos y lluviosos del inclemente invierno austral. No, el mundo se cae, figuradamente, claro, en una Argentina sometida a tensiones crecientes a apenas dos semanas de unas primarias nacionales que el 11 de agosto comenzarán a definir el futuro político del país.

No hay terceras opciones con posibilidades reales, todo se encamina a una enorme polarización. O Mauricio Macri sigue por cuatro años más en la presidencia, o Cristina Kirchner regresa al poder como vicepresidente de Alberto Fernández, protagonista de una excentricidad política: es la primera vez que un candidato presidente es elegido por el vice. De ahí que las encuestas reflejen que muchos argentinos están convencidos de que el poder real estará en manos de la dos veces presidenta si el peronismo volviera a la Casa Rosada, un edificio desde el que hoy Marcos Peña, jefe del Gabinete (Consejo) de Ministros, dirige para el oficialismo una campaña electoral repleta de peligros y desafíos.

La economía es el mayor: Macri necesita que la cotización del dólar -la clave de bóveda de la economía argentina- no se descontrole. Es lo que le sucedió a mediados de 2018, y el país aún está pagando la espiral inflacionaria y el incremento de la pobreza derivado de aquello. Es muy simple: si el dólar se mantiene en torno a los 45 pesos, las posibilidades de Macri de ser reelegido crecen. Si vuelve a haber un salto devaluatorio, en cambio, el peronismo puede ir frotándose las manos.

Pero hay fuego amigo también, como el de la desconcertante diputada Elisa Carrió, arquitecta de la coalición Cambiemos que le permitió a Macri llegar al poder en diciembre de 2015. "Cristina (Kirchner) tiene reuniones en Cuba con enviados rusos para el hackeo de las elecciones. La elección argentina es geopolíticamente decisiva (en la región). Putin, lo que quiere, es replicar Venezuela en Argentina. Está trabajando para el kirchnerismo", dijo días atrás en televisión. El Gobierno argentino, consultado por EL MUNDO, reaccionó despegándose absolutamente del asunto. Una pelea con Vladimir Putin es el último de los problemas que necesita hoy. Moscú desmintió a la diputada y la denuncia, un escándalo en cualquier país, se diluyó en cuestión de horas. Carrió, enfrascada ya en la campaña, no quiso volver a hablar del tema.

Una campaña que es bastante curiosa. Mientras la coalición de Macri vuelve a vender futuro y apuesta a la segmentación de audiencias vía Google y Facebook para decirle al votante lo que necesita escuchar, la fórmula peronista es un matrimonio con camas separadas. Cristina recorre el país presentando su libro, Sinceramente, que es el mayor éxito de ventas en años, y se dirige a una audiencia popular hablando de Evita Perón y de cómo en los supermercados se vende hoy leche que no es leche, sino un concentrado con apariencia de leche, y segundas marcas a las que denominó "pindonga" y "cuchuflito", debate que se sostuvo durante una semana en los medios.

A Cristina se la ve claramente cómoda, a diferencia del candidato a presidente, Alberto Fernández, que quiso ser su propio jefe de campaña hasta que se dio cuenta de que su función es hoy otra. Tarde, porque en el medio se peleó con hasta tres periodistas en un mismo día, e incluso circuló un vídeo en el que se lo ve atacando físicamente, meses atrás, a una persona que lo insulta en un restaurante. Fernández, que como jefe del Gabinete fue durante el kirchnerismo uno de los hombres más poderosos del país, no había estado hasta ahora tan expuesto, y es evidente que no le está siendo sencillo.

Si a ello se le añade que los argentinos ven abrumadoramente a Cristina como "la jefa", las dificultades del candidato son claras. Se presenta como "un hombre normal", pero la fórmula que integra es cualquier cosa menos eso. Ni hablar de cuando aparecen en escena hombres como Aníbal Fernández, otro ex poderoso jefe de Gabinete kirchnerista, pero dueño de una de las peores imágenes en el espectro político. Días atrás, Aníbal quiso descalificar a María Eugenia Vidal, la carismática gobernadora de la provincia de Buenos Aires, que también busca la reelección tras vencer precisamente a Fernández cuatro años atrás. Y, para hacerlo, no tuvo mejor idea que decir que no dejaría "nunca" a sus hijos con Vidal, y que antes lo haría "con Barreda". ¿Quién es Barreda? Ricardo Barreda, un odontólogo que está en prisión perpetua tras asesinar en 1992 a su esposa, sus dos hijas y su suegra. Hasta el propio kirchnerismo reaccionó espantado ante la frase, que confirmó a Aníbal Fernández como un eficacísimo 'espantavotos'.

La campaña de los Fernández, está claro, necesita de ajustes importantes y urgentes. Más allá de que la fórmula de Alberto y Cristina encabeza las encuestas, su ventaja se venga reduciendo respecto de la de Macri y Miguel Ángel Pichetto, el portavoz peronista en el Senado que de un día para el otro saltó al oficialismo. Hay encuestas -un instrumento altamente desprestigiado en la Argentina- que hablan de nueve puntos de diferencia, y otras, de apenas tres. Cuatro años atrás, en las primarias de 2015, el entonces candidato peronista, Daniel Scioli, ganó las PASO por 38% a 30. Luego Macri se acercaría en la elección general y terminaría ganando el balotaje por apenas 678.000 votos.

En la Casa Rosada confían en una diferencia inferior a los cinco puntos esta vez. Cualquier resultado con menos de cinco puntos de diferencia sería recibido con gran alborozo en una coalición oficialista que, pese al grave descalabro económico del último año, tiene algo para celebrar: cuando complete el período de cuatro años, el 10 de diciembre, se convertirá en el primer gobierno democrático no peronista en 91 años que logra llegar al final de su mandato. Así de compleja fue la Argentina del último siglo, y en ese pasado abreva también la elección de este año.elmundo.

 

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